

Pinto porque el color tiene el poder de crear realidades que surgen de la imaginación. Mi formación en arquitectura me enseñó cómo hacer que una idea crezca y se vuelva habitable, experimentable; pero profundicé hacia la pintura en gran escala porque toma la arquitectura y la ciudad como soporte, abriendo la posibilidad de traer al mundo cotidiano todo tipo de realidades sin límites.
Mi proceso siempre empieza por escuchar el espacio, y a las personas que lo habitan. Cada lugar tiene su propia lógica viva: su clima, su vegetación, sus colores latentes. De ahí vienen los elementos que elijo: hojas, animales, montañas. Lo que me interesa no es simplemente representar la naturaleza, ni utilizarla como decoración, sino borrar los límites imaginarios entre naturaleza y la ciudad. Crear atmósferas, sensaciones y experiencias compartidas.
Mi trabajo tiene la intención de que la pintura y la imaginación se integren en la vida cotidiana de las ciudades, al estilo del realismo mágico latinoamericano: presentar lo extraordinario con la misma presencia, calma y naturalidad que lo cotidiano.

